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Doris Salcedo (1958)
Bogotá
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Sufrimiento contra el juego. Reflexión frente al mercado. Memoria para conjurar el olvido. Doris Salcedo trabaja con rigor y elude expresamente el artificio cuando quiere dar voz a la gente que vive en la periferia social. Sus obras parten de la experiencia vital de esas personas que no cuentan para los historiadores y, como ella misma ha reconocido, su dolor es la materia prima con la que elabora sus esculturas.

Salcedo estudió Bellas Artes en Bogotá y amplió después su formación con un postgrado en la Universidad de Nueva York. Un año después, en 1985, firmó la obra que la convirtió en la artista colombiana más afamada, consistente en 280 sillas colgadas en la fachada del Palacio de Justicia de su ciudad natal, símbolo de la masacre ocurrida allí cuando un grupo terrorista se hizo fuerte en el edificio y el ejército provocó más de 100 muertes entre magistrados, funcionarios, visitantes y guerrilleros durante el ataque para recuperar su control. A partir de entonces, Doris Salcedo dejó de ser una artista convencional, porque “aquella obra abrió la puerta a otros elementos, como el tiempo, el espacio público y la memoria".

Prácticamente toda la obra de Salcedo gira en torno al grave problema de la violencia en Colombia y a su devastadora incidencia sobre el tejido social. La artista viaja a las zonas más deprimidas de su país y habla con las familias de los asesinados para incorporar sus testimonios a las esculturas e instalaciones que construye, porque "el artista no es una persona creativa", sino alguien que "conecta pensamientos, historias y materiales".

Ella lo hace en un enorme estudio, muy luminoso, que pasa prácticamente desapercibido en uno de los principales barrios de Bogotá. Allí trabaja en colaboración con más de 30 técnicos y artesanos a los que habla con cariño de Beatriz González, su maestra, que la enseñó a trabajar con disciplina para “guiar el talento” y “orientar el conocimiento”. Por eso pone tanto énfasis en el cuidado por el detalle y el rigor estético en cada una de sus piezas, para poder reflejar de la manera más directa la memoria de lo que pasa a las víctimas de la injusticia. “La fragilidad de la vida debe quedar reflejada con una obra técnicamente perfecta", según sus propias palabras.

Su frondosa cabellera rizada resalta aún más la mirada acostumbrada a constatar "la fragilidad de la vida, del ser humano y el hecho de que somos finitos". Esa vulnerabilidad se hace patente en los materiales que utiliza para componer sus obras, procedentes de víctimas reales en muchos de los casos, y en lo efímero de esas creaciones, que evocan una América cuya historia se edificó a base de "ruinas, no en arcos de triunfos".

Doris Salcedo utiliza a menudo para hacer sus esculturas muebles a los que priva de su carácter familiar para darles un aire de malestar y horror. Así se anunciaba ya en la primera de sus obras que alcanzó la fama: un mural compuesto de zapatos metidos en nichos y cubiertos por una fina película transparente.

Sus obras han sido expuestas en museos tan importantes como el MoMA de Nueva York, el Pompidou de París, el Art Institute de Chicago, el Reina Sofía de Madrid y la Tate Modern de Londres. Fue, precisamente, en esta última institución donde alcanzó niveles de popularidad masiva gracias a la famosa ‘Grieta’ de 167 metros que creó en 2007 para su Sala de Turbinas. El dramático agujero que rasgaba el suelo del museo londinense quería ser símbolo de la división de clases, del racismo, “de la separación que existe entre la humanidad y la falta de humanidad.”

La propia Doris Salcedo define su obra como “perturbadora, conflictiva y difícil,” aunque los más importantes directores de museos y críticos de Arte consideraron que "es una artista moderna” que "posee claves para situar en la Historia la eclosión de artistas latinoamericanos de las últimas dos décadas". Así lo reflejaron en el acta de concesión del Premio Velázquez de las Artes Plásticas de 2010.