Joaquín Sorolla (1863-1923)
Valencia


Luminismo. Fue tan suyo el estilo que se ha llegado a llamar Sorollismo. Su técnica magistral consigue las más altas cotas precisamente cuando evoca la luz del Mediterráneo y su trayectoria pictórica revela una genialidad que sólo alcanzan los grandes maestros de la Historia del Arte.
Con sólo dos años quedó huérfano a causa de una epidemia de cólera. Viviría a partir de entonces con unos tíos que en vano intentaron encaminarlo hacia la cerrajería. A los once años se matricula en clases nocturnas de la Escuela de Artesanos para dar satisfacción a la que ya era una vocación irrenunciable.
En 1879 ingresa en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos donde conoce a Mariano Benlliure y Manuel Matoses y al finalizar su formación reglada se presenta a diferentes certámenes de pintura en los que cosecharía el éxito a costa de doblegarse a las encorsetadas formas que dominan los ambientes académicos. Su fuerte personalidad y el primer viaje a Paris, donde asimila el espíritu de los impresionistas, le llevan a la ruptura con la tradición y la luz se abre paso definitivamente en escenas costumbristas que Sorolla eleva a la categoría de la más sublime poesía.
El eje de la obra de Joaquín Sorolla será para siempre el tratamiento de la luz, con pincelada suelta y vigorosa; la costa mediterránea y las escenas prosaicas que en ella pueden contemplarse, como la pesca y el baño de los niños. No se debe olvidar tampoco su faceta de retratista, tan destacable en exquisitas producciones como las dedicadas a Juan Ramón Jiménez, Blasco Ibáñez o el rey Alfonso XIII. Y, a pesar de la fuerte influencia que ejercen sobre él los impresionistas y los maestros nórdicos, nunca claudica a la descomposición total de la forma. La luz en Sorolla siempre se subordina a la regencia del dibujo.
El creciente reconocimiento que obtiene a partir de instalarse en Madrid le permite viajar y exponer en otras capitales europeas, adquiriendo también una fama internacional que culmina en 1911 con el más famoso de sus encargos: catorce murales para la Hispanic Society of America. Seis años le llevaría dicho trabajo, tras recorrer toda España en busca de inspiración para plasmar el espíritu del país en otras tantas escenas regionales.
Su muerte en 1923 lo elevará definitivamente al olimpo de los grandes maestros de la historia de la pintura.