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Diego Rivera (1886-1957)
Guanajuato (Méjico)
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La revolución popular llega a la pintura mejicana de la mano de Diego Rivera. Su pintura aborda una temática relacionada con la historia propia de Méjico y sus gentes. Obreros, agricultores, la tierra, los ritos ancestrales crean un universo colorista. Si bien su fama mundial se debe a la actividad como muralista, el grabado y la pintura de caballete son otros campos en los que posee una ingente producción. Los postimpresionistas franceses se unen al pasado prehispánico de aztecas y mayas formando un lenguaje visual propio totalmente narrativo. Las formas adquieren dimensiones monumentales, heroicas. La sencillez de su iconografía facilita el éxito entre el público.

Rivera demuestra su carácter comprometido desde sus comienzos en la Academia de San Carlos. Así en 1902 se le expulsó de la misma por participar activamente en las revueltas de ese mismo año. Con todo en 1907 se le concede una beca para viajar a Madrid e ingresar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Son años en los que Rivera se dedica a realizar viajes por diferentes países como Gran Bretaña, Holanda, Italia y Francia. Finalmente se instala en París en 1911. Allí entra en contacto con el mundo postimpresionista, en concreto con Cézanne. Si bien Rivera se maneja bien en los nuevos lenguajes de Vanguardia, no tardó en rechazarlos en favor de un estilo más realista, narrativo y sencillo. Para ello viaja a Italia en 1920. No sólo asimila este nuevo lenguaje sino que aprende la técnica renacentista del buon fresco. Giotto es el ejemplo que le marca definitivamente.

De regreso a Méjico inicia su actividad muralista. Es la década en la que ejecuta piezas capitales como los murales del Palacio Nacional o la composición “La tierra fecunda” ubicada en la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo. Junto a Orozco y Siqueiros era el principal representante de la Escuela Muralista Mejicana. Pero su éxito traspasa fronteras y parte de la década de los treinta la pasa en Estados Unidos donde hizo encargos en el Rockefeller Center y en el Instituto de Arte de Detroit. Junto a él estaba su tercera esposa, la también pintora mejicana Frida Khalo.

En 1957 Diego Rivera fallece en la Ciudad de Méjico tras dejar un legado plástico irrepetible en el que política, tradición y belleza se unen en uno de los resultados más atractivos de la Historia del Arte.