Benjamín Palencia (1894-1980)
Albacete


Campos de Castilla. Aunque la perspectiva difiere de la de Antonio Machado. La esencia de la realidad hispana es la misma, pero en Palencia brota imparable la vocación vanguardista. Es una de nuestras escasas figuras autodidactas que acabaron creciendo hasta la genialidad.
Tradición y modernidad se integran con naturalidad en la obra de Benjamín Palencia. Sus trabajos iniciales, bodegones y naturalezas muertas de inconfundible aroma cubista, evolucionan en una especie de retorno al orden figurativo que ya se perfilaba en la actuación de algunos artistas de las Primeras Vanguardias. Benjamín Palencia se relaciona con lo más granado de la España anterior a la Guerra Civil: Dalí, Lorca, Alberti, Juan Ramón Jiménez… El ambiente de renovación intelectual y artística que le rodean es el caldo de cultivo perfecto para la fundación de la primera y más auténtica etapa de la Escuela de Vallecas: paisajes que adquieren tintes surrealistas de componente matérico. Surrealismo telúrico. Breve suspiro truncado por la violencia fratricida...
En París, Benjamín Palencia establece contacto con los artistas vinculados a la revista Cahiers d’Art y críticos como Zervos y Tériade. De esa época surge una pintura más ágil y espontánea que lo convierte en uno de los principales representantes de la Figuración Lírica. De Italia extrajo también valiosas enseñanzas a través de Giotto, Paolo Ucello, Piero della Francesca, Rafael, Miguel Ángel, Tiziano y Tintoretto.
Tras la Guerra Civil, vuelve a Vallecas en un contexto de pobreza extrema que impregna hasta los tuétanos la actividad de artistas como Francisco San José, Álvaro Delgado, Pascual de Lara, Gregorio del Olmo y Enrique Núñez Castelo. A esta segunda escuela vallecana sólo permanecería fiel junto al maestro el primero de ellos, San José, único que resistió las duras condiciones de vida en que se desarrollaban sus trabajos y las discrepancias intelectuales con Palencia.