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Tamara de Lempicka (1898-1980)
Varsovia
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Una mujer que se abrió paso en la sociedad patriarcal de principios del siglo XX a base de glamour y a la que la Historia del Arte reconoce como una diosa de la modernidad con sus retratos de mujeres sofisticadas y seguras de sí mismas que anunciaban el nacimiento de una nueva era. Una estética que aún utilizan los creativos publicitarios y que ella popularizó en numerosas colaboraciones publicadas en las páginas de sociedad de la prensa de su tiempo.

La obra de Tamara de Lempicka es fruto de su fascinación por el Renacimiento italiano y de la influencia de maestros del Postcubismo como Maurice Denis y André Lhote. Sus retratos aluden a un mundo elitista en el que las mujeres son libres e independientes como ella misma.

Nacida en el seno de una acaudalada familia polaca, se distinguió siempre por su fuerte carácter y con sólo doce años pintó su primer retrato. Un año después viajó a Italia con su abuela y de esa estancia en Roma, Venecia y Florencia procede la admiración que sentía por los maestros renacentistas. A los 18 años se casó en San Petersburgo con el abogado polaco Tadeusz Lempicki y en 1919 se trasladó con él a Copenhague huyendo de la Revolución Bolchevique.

En 1923 viaja a París, donde toma clases de pintura con Maurice Denis y André Lothe. Allí participa en sus primeras exposiciones con un estilo ya definido en el ámbito del Art Decó. Comienza así una carrera meteórica a la que no fue ajena su estrecha relación con las damas más influyentes de la sociedad parisina. Muchas de ellas posaron para sus celebrados retratos, como Natalie Barney y la duquesa de la Salle, y algunas también pasaron por su cama, en la que Tamara nunca hizo distinción de sexos.

En 1929 se divorcia de Tadeusz y viaja a los Estados Unidos con el barón Raoul Kuffner, un coleccionista de Arte con el que terminaría casándose. La alta burguesía neoyorquina acoge con entusiasmo sus pinturas y su manera de conducirse en la vida y obtiene resonados triunfos en todas las exposiciones que protagoniza. Sus cuadros eran reclamados constantemente desde los principales salones de Europa y su estilo enigmático y sensual la convierten en retratista de una aristocracia deslumbrada por su sofisticación.

Tamara de Lempicka terminó sus días en Cuernavaca, ciudad mexicana hasta donde se trasladó tras la muerte del barón Kuffner. Sus cenizas fueron esparcidas sobre el volcán Popocatepetl por expreso deseo de la pintora, un fin digno de la epopeya en que ella misma había convertido su vida. Siempre elegante y mundana, fue el símbolo de toda una época y numerosas estrellas de Hollywood se han hecho con sus obras en algunas de las escasas subastas en que se comercializan.

El legado de Tamara de Lempicka se limita a poco más de quinientas pinturas, algunas de las cuales pueden contemplarse en museos como el Georges Pompidou de París, el de Bellas Artes de Orléans y el de Nantes, aunque muchas de las mejores siguen estando en manos de importantes coleccionistas privados de Francia y los Estados Unidos.