Carmen Laffón (1934)
Sevilla


La obra de Carmen Laffón es fruto de la magia que lo impregna todo a luz del sol en la desembocadura del Guadalquivir. El realismo intimista de sus paisajes y sus naturalezas muertas desprende un lirismo que ningún otro humano es capaz de percibir si no es a través de sus óleos, pasteles y carboncillos.
Carmen Laffón nació en el seno de una familia muy culta de la clase alta sevillana y sus padres se negaron a llevarla al colegio para alejarla de los postulados de la dictadura del general Franco. Recibió educación primaria y secundaria en su propia casa y fue el pintor Manuel González Santos -que había sido también profesor de de su padre- quien la introdujo en los secretos del dibujo cuando ella tenía 12 años. Fue él quien logró que Carmen ingresara en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla con sólo 15 años y allí empezó una carrera que terminaría en Madrid cinco años después.
A partir de entonces, la joven pintora viaja por toda Europa y se impregna del aire de libertad que reina en París, Roma, Viena y Ámsterdam. Cuando regresa a Sevilla en 1956 reencuentra la luz mágica de Andalucía la Baja y desde entonces no ha cesado de pintar los paisajes que se divisan desde la casa familiar en Sanlúcar de Barrameda y los ambientes domésticos que la rodean.
Carmen Laffón conoció a la persona que más influiría en su carrera artística en 1961. Fue en Madrid y se llamaba Juana Mordó. Gracias a ella expuso por primera vez en la Galería Biosca y gracias a ella se hizo imprescindible, temporada tras temporada, desde que Juana abrió su propia galería. Son los años en los que una mujer que promueve el Informalismo y las Vanguardias en la España de Franco apoya con entusiasmo a otra mujer que jamás deja de lado la Figuración. Por aquellos allos, Carmen se mueve entre artistas como Manolo Millares, Antonio Saura, Rafael Canogar, Eusebio Sempere o Pablo Palazuelo.
Su paleta abarca una gama de colores sensuales y luminosos con los que es capaz de atrapar el mundo en un instante e interiorizarlo. Pero es el dibujo lo que diferencia a Carmen Laffón. Su perfección técnica llega a ser de tal nivel que a veces impide discernir claramente entre lo que es lápiz y pudo ser fotografía. Una mesa, una carta o un cesto de uvas hablan del ser humano por omisión. Y aún así, la artista no eludió nunca pintar a las personas. Muy buscados son sus niños y mujeres de los años 70 y afamados han sido también los retratos del Rey Juan Carlos y la Reina Sofía que pintó muchos años después.
A partir de 1990, Carmen Laffón explora el lenguaje de la escultura con toda la fuerza de que es capaz. La exquisita factura de sus obras en bronce, barro y escayola las ha convertido en objeto de codicia sin disimulo en todas las grandes subastas al tiempo que su producción pictórica se vuelve aún más escasa. Entre los coleccionistas corre la voz de que cualquier precio es pequeño frente al que sin duda alcanzará mañana.
Laffón es Premio Nacional de Artes Plásticas en 1982 y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1989. El Museo Reina Sofía de Madrid le dedicó en 1992 una gran retrospectiva que atrajo a decenas de miles de visitantes y sus obras se encuentran en colecciones tan importantes como la del MoMA, la Fundación Juan March o el Banco de España.