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Louise Bourgeois (1911-2010)
París
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Una escultora esencial del siglo XX, que sólo consiguió el reconocimiento que merecía muy al final de su carrera, cuando ya había cumplido los 60 años. Sólo su extraordinaria longevidad le permitió disfrutar del respeto que le debían la crítica y el mercado del Arte después de cuatro décadas de incalificable olvido. Louise Bourgeois falleció cuando estaba cerca de cumplir los 99 años y seguía trabajando desde lo más alto de una gloria ganada a pulso desde que celebró su primera exposición en la década de los 40.

Bourgeois fue la primera mujer a la que se dedicó una exposición retrospectiva en el MoMA de Nueva York, ciudad en la que residió la mayor parte de su vida, y donde deja para siempre la memoria de su singular visión creativa, síntesis de corrientes fundamentales como el Surrealismo, el Expresionismo, el Posminimalismo y el Arte abstracto.

Mundialmente conocida por sus esculturas llenas de connotaciones oníricas y explícito contenido sexual, Bourgeois estuvo toda su vida a la vanguardia de las artes visuales, haciendo notar su influencia sobre tres generaciones de artistas. Además de sus famosas esculturas de acero, bronce, piedra, cristal y madera, deja un amplísimo legado en el que también llaman la atención trabajos muy notables sobre lienzo y papel.

El Arte era para Louise Bourgeois “una garantía de salud mental”, ya que “sirve para expresar emociones, y las emociones no son apropiadas para mi cuerpo”. Por ello atribuía su longevidad a ese trabajo creativo constante que no pudo impedir que sufriera dos infartos consecutivos que finalmente paralizaron su corazón en el Hospital Beth Israel de Nueva York.

Nacida en París, en 1911, Louise ayudaba a sus padres en el negocio de restauración de tapices que regentaban en la capital francesa, lo que compatibilizaba con sus estudios de Arte. Ella mismo contó alguna vez que su primer recuerdo era el de su madre pidiéndole a su padre que no se marchara a la Primera Guerra Mundial. Con once años fue testigo de la traición amorosa de éste con su profesora de inglés, que vivía en la misma casa, una situación que terminó por hacerse insoportable para la pequeña Louise, que no mucho después vio morir a la madre durante una epidemia de gripe.

Infidelidades, enfermedades, penurias económicas... Todo ello dejó marcas muy dolorosas en el alma de la joven, que años después le servirían para desarrollar su personalísimo estilo, aunque eso no sería hasta que emigró a los Estados Unidos, en 1938, tras contraer matrimonio con el historiador norteamericano Robert Goldwater.

Atrás quedaban las pesadillas de la niñez, su miedo al abandono y las profundas raíces de un sentimiento de culpabilidad que la acompañaría el resto de su vida. También sus estudios en la École du Louvre y la École des Beaux-Arts, y su colaboración como ayudante en el taller de Fernand Léger.

En la producción de Bourgeois destaca la constante presencia de figuras humanas distorsionadas junto a conceptos abstractos que plasman sus filias y fobias. Un universo propio, a mitad de camino entre la intimidad y el exhibicionismo, que desembocaría en las grandes obras de su madurez, a base de células que evocan la infancia, habitaciones como celdas en las que colocaba sus objetos personales, y arañas gigantescas, de contradictoria vocación caníbal a la vez que maternal.

Amiga de muchos de los grandes artistas del siglo XX, Louise Bourgeois contó con la admiración y el respeto de Marcel Duchamp, Mark Rothko y John Cage, aunque su reconocimiento por la crítica y el mercado del Arte no llegó hasta los años 70, tres décadas después de su primera exposición de pintura en Nueva York.

La apoteosis de Bourgeois se produjo durante la década de los 90, con una sucesión interminable de exposiciones y homenajes que tuvieron su culminación en la exposición antológica que le dedicó en 2008 el museo Guggenheim de Nueva York. Para entonces eran millones de personas las que ya habían quedado fascinadas con sus gigantescas esculturas de bronce o acero, instaladas a las puertas de los más importantes museos.

Su obra se encuentra en colecciones tan importantes como las de la Tate Gallery de Londres, el Centro Pompidou de París y el MoMA de Nueva York, donde los fantasmas de su niñez siguen vagando en la inmensa soledad del infierno urbano.

Sus negras profecías abrieron nuevas perspectivas a la escultura del siglo XXI, caracterizada en sus primeros estadíos por el Arte de crear en la intimidad más honda del alma humana, a la manera en que siempre lo hizo esta gran artista estadounidense.