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Manuel Ángeles Ortiz (1895-1984)
Jaén
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Cubismo lírico y jondo. Mil y una facetas del Arte moderno en la obra de un artista cuyo horizonte creativo se expande más allá de las artes plásticas. También del Cubismo, aunque éste sea en Manuel Ángeles Ortiz un referente en constante retorno.

Vivió su adolescencia en Granada y fue también Granada su musa más fértil. Allí entabla profunda amistad con Federico García Lorca e Ismael González de la Serna, con quienes tantas cosas llegó a compartir.

Como todos los grandes artistas de su tiempo, Manuel Ángeles Ortiz sintió la imperiosa necesidad de conocer de primera mano los nuevos aires que soplaban en París, el crisol de las Vanguardias. Allí se instala en 1922 e inicia una relación con Pablo Picasso que le marcaría para siempre. A su integración en la vida francesa contribuyen también figuras de la talla de Juan Gris y Pettoruti. De ellos queda impronta evidente en su obra, fruto de la actividad desenfrenada a la que tampoco fueron ajenos Manuel de Falla y Daniel Vázquez Díaz. El diseño de decorados para algunas de las piezas de Falla, Satie o Poulenc lo convirtieron en un referente imprescindible para la colonia española en la capital francesa.

Su integración en las actividades de la Generación del 27 fue muy intensa en los años previos a la guerra civil, particularmente con el grupo teatral de Lorca, La Barraca, donde se impregna de la sensibilidad surrealista. Falla y Vázquez Díaz influyen también en su definitivo abandono de aquel costumbrismo de colorido post impresionista que con tanto éxito había practicado años atrás. Su integración en las filas de la Alianza de Intelectuales Antifascistas hace inevitable el exilio al finalizar la contienda y el alejamiento de la investigación en los campos del Cubismo clasicista, la Abstracción geométrica y el Surrealismo.

Sería Argentina su nueva patria y allí se impone un nuevo giro en su obra. Inmensos paisajes, lagos y montañas llenan sus lienzos y esculpe sin preocupación alguna por el contenido con materiales hallados en la naturaleza. Antes que el asunto, le importan las superficies y las texturas.

En 1948 regresa a París y a sus raíces cubistas. En los años 50, a Granada, donde el Albaicín y la Alhambra serían protagonistas de una obra de sorprendente modernidad y delicado lirismo. Allí permanece hasta 1956, cuando emprende el camino definitivo hacia Francia, país que ya nunca abandonaría hasta su muerte, en 1984.