Luis Gordillo (1934)
Sevilla


Luis Gordillo es uno de los artistas que con más agudeza aciertan a plasmar la verdad emotiva del individuo. Raro es el espectador que sea capaz de sustraerse al calor humano de su obra. A veces, por la violencia y dramatismo de la pincelada; en otras, por la gama cromática que vibra en la calidez o frialdad de la temática. Según se mire.
Fue París, una vez más, origen de la catarsis que abrió paso a una larga carrera en la que siempre le ha caracterizado el pulso monocorde con que conduce una paleta de vivaz colorido. La paradoja es que fue precisamente su estancia en la Ciudad Luz la principal responsable de algunas de sus creaciones más oscuras y dramáticas. La depresión en la que se hallaba sumido el artista sevillano por aquel entonces encuentra una vía de escape en la corriente que se abría paso con fuerza en el panorama artístico europeo: el Informalismo. Gordillo convierte entonces el propio gesto en la mejor herramienta para alcanzar ese grado extremo de expresividad que estaba buscando. La total libertad que es exigible a un creador informalista a la hora de plasmar cualquier temática permite a Gordillo moverse con una actitud de radicalidad inaudita en la sociedad de la que procede y ese nuevo punto de vista tan escasamente tradicional se asentaba ya para siempre en toda su producción. Como él mismo ha reconocido, la lucha maniquea entre libertad creadora y control, entre expresividad y racionalidad, pasaron a estar desde entonces en el origen de toda su producción pictórica.
A su regreso a España, un Gordillo renovado en lo espiritual se abre a la corriente figurativa que irrumpe entre los artistas madrileños de la época. De entonces datan algunas piezas de extraordinario calado expresivo en las que la tensión entre libertad y control se hace más patente que nunca. Es en esa época cuando el color y las líneas sinuosas se asientan para siempre en su universo expresivo. El retorno a la Abstracción llega en la década de los 80. En contra de lo previsible, no aparecen rasgos de aquel Informalismo radical de la etapa parisina, aunque siga estando presente un halo de tristeza que ha terminado por impregnar prácticamente toda la obra del artista.
El eterno enfrentamiento entre argumentos opuestos. La necesidad de desbordar un marco que asfixia. El color, la vaguedad espacial… En la creación de Luis Gordillo se ofrece al espectador inteligente una vía de escape intelectual y sensorial para adentrarse en un mundo en el que ninguna certeza está garantizada. Gordillo es un artista descolgado, que no pertenece del todo a nada ni a nadie. Él mismo se reconoce “más como el puente que como la isla en la que éste se apoya”, lo que da ese carácter tan personal a una extensa obra en la que transpira la constante aproximación y alejamiento de todas las corrientes de su entorno, de las que absorbe, transforma y manipula cuanto le conmueve. Del grupo El Paso siente particular admiración por Manolo Millares. De los artistas de Dau al Set le atraen la relación con el Surrealismo, la fascinación por Gaudí y el retorno de lo mágico. Tàpies es para él un referente capital y un artista al que admira profundamente. Pero, Gordillo es Gordillo, Maestro indiscutible del Arte Contemporáneo.