José Manuel Broto (1949)
Zaragoza


Imagen reducida a su esencia, sin renunciar a connotaciones visuales que acortan distancias con el espectador. Broto fija su objetivo en la desintegración de lo real, por lo que cualquier referencia simbólica en el trazo es puro espejismo. Las formas que evolucionan en el lienzo son evocaciones sin relación alguna con los objetos, aunque la batalla esté perdida de antemano porque el ojo del espectador busca y encuentra siempre la aparente coherencia entre realidad e invención.
Artista inquieto desde muy joven, José Manuel Broto se traslada en 1972 a Barcelona desde su Zaragoza natal y allí participa de las actividades del Grupo Trama, avanzadilla cultural de cuya revista fue director. En los dos únicos números que se llegan a publicar aparecen colaboraciones de personalidades tan diferentes como Antoni Tàpies, Alberto Cardín, Javier Rubio o Federico Jiménez Losantos. Los planteamientos teóricos del grupo tienen una deuda evidente con los del Support-Surface y las teorías de Pleynet que llegan desde París. Y hasta allí se iría Broto en 1985.
París supone el punto de inflexión en la evolución de José Manuel Broto desde el Informalismo de tono minimalista hacia una Abstracción gestual que combina con referentes organicistas y signos de apariencia oriental. Las tensiones entre campos cromáticos lo aproximan al Expresionismo Abstracto en pinturas de gran formato, donde poco a poco se van apagando los colores a la vez que incorpora referencias geométricas.
En sus últimas exposiciones, Broto emplea con profusión materiales acrílicos y alquitranes, con superposición de finas capas de pintura muy líquida y aspecto cristalino. Figuras oníricas de aire solemne y laberíntico son habituales en obras que lo aproximan cada vez más a la tradición mística de la pintura clásica española.