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Miquel Barceló (1957)
Mallorca
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El tiempo, la nada, la degradación de lo material… Miquel Barceló conforma su imaginario vital en torno a una serie de conceptos de evolución circular que, por su propia esencia carecen de resolución. Su curiosidad innata y su capacidad para la experimentación acaban completando una personalidad artística que es la imagen actualizada del hombre del Renacimiento. A la manera de Miguel Ángel o Leonardo, Barceló investiga técnicas y materiales hasta conseguir un producto final que da solución nueva y personalísima a la necesidad planteada.

Fue París, una vez más, el origen de la actual amalgama que configura la entidad artística de Miquel Barceló. Allí entra en contacto con el Art Brut en los años 70. A su regreso, Barceló inicia en España un intenso proceso de investigación sobre la liberación del Arte y las grandes figuras que le fascinan: Tintoretto, Miró, Tàpies y Millares. De éstos últimos adquiere el interés por la materia y es en esos años cuando sus lienzos, de crecientes proporciones, comienzan a llenarse de gruesas capas de material pictórico en las que se suceden óleo, barniz, tierra y materiales desechables. Tampoco descarta frutas y verduras dando un nuevo lenguaje al tradicional concepto de bodegón. En esa misma línea plástica crea también bibliotecas y museos que ya hoy son Historia del Arte.

Pero el Barceló que hoy conocemos no sería tal sin la vivencia africana. Viajero innato, el continente negro le atrae desde muy atrás, seguramente desde tiempos adolescentes, y es allí donde el artista hunde finalmente raíces que, más que alimentar, le sostienen. África se aparece ante Barceló como una revelación: la luz, aromas y sonidos ancestrales calan en su alma como una experiencia largamente deseada y los adobes, yesos y maderas encajan a la perfección en su universo expresivo. La necesidad de atrapar todo lo contemplado le lleva a recurrir a técnicas casi fotográficas en las que lápiz, acuarela y papel serán herramientas obligadas de una larga serie de instantáneas que hoy llenan del alma africana los museos del mundo entero. La espectacular luz del continente africano y la inmensidad de sus espacios traen a su obra mucho más que depuración de conceptos y elementos. A partir de entonces, Barceló aumenta aún más el tamaño de sus cuadros.

De la experiencia africana nada marcará tan hondamente a Barceló como los exuberantes mercados en los que la carne muerta se exhibe colgada al sol. Cráneos ensangrentados y moscas se suceden ante su perpleja mirada mientras que los intensos aromas de la muerte crean recuerdos indelebles en la mente del artista. La imagen de la cabra colgada en sus múltiples formas y variaciones pasa a ocupar un lugar privilegiado en la mayoría de sus pinturas y grabados. Trasciende así del estado de objeto real para convertirse en puro arquetipo. Es ya para Barceló una obsesión.