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Alberto García-Alix (1956)
León
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Un maestro absoluto del Arte de la fotografía, representado en las mejores colecciones de Arte contemporáneo y objeto de interés creciente en todas las grandes ferias y casas de subastas. Alberto García-Alix es un fotógrafo de la experiencia, como los nuevos poetas, que vive lo que narra y que no se limita a mirar. Los impresionantes trabajos de gran formato que Juana de Aizpuru ha paseado por el mundo entero constituyen casi siempre un viaje al pasado, incluso cuando se trata de nuevas producciones, que a menudo realiza como una mezcolanza de imágenes procedentes de épocas distintas.

Él mismo reconoce que la heroína y la hepatitis C fueron dos grandes enemigas que sin embargo le dejaron el poso de sabiduría necesario para construir obras que son “una puerta a la vida y a la conciencia de la realidad”. Y aunque la fotografía no pueda “salvar a nadie”, desde los años 70 ha sido para él un camino abierto hacia la comunicación y el conocimiento.

Es precisamente la vida lo que retratan sus fotografías llenas de hombres, mujeres y ambientes que tantas veces fueron tachados de inmorales. Sus putas y drogadictos plasman vivencias propias y ajenas que para la mayoría de los espectadores resultan expresiones de un mundo desconocido. La obra de Alberto García-Alix tiene la melancolía inevitable en un artista que sigue vivo a pesar de los virus y las adicciones. Un milagro aún mayor si se sabe de su inveterada afición a conducir motos de gran cilindrada después de haber ingerido grandes dosis de alcohol.

Las fotografías de García-Alix destilan el sentimiento inconfundible en quienes regresan una vez y otra al pasado porque pudieron vivir para contarlo. De quienes se movieron al borde del abismo y por ello necesitaban anestesiarse para poder superar el miedo al dolor. Su obra es numerosa y recurrente como lo son los elementos del atuendo motero con los que gusta de autorretratarse desde que con poco más de 20 años se convirtió en el mejor cronista de la Movida madrileña tras abandonar sus estudios de Derecho. Y aunque aquellas fotografías de técnica autodidacta se alimentan de la calle y de las almas que en ella se encuentran, en realidad son el fruto de la búsqueda del propio ser en una maraña de sentimientos que nunca son fáciles de desentrañar.

París fue, en ese sentido, punto de inflexión de su carrera porque también lo fue para su vida. Allí logró superar la infección galopante que a punto estuvo de llevarle al colapso hepático y allí comenzó a escribir los celebrados guiones videográficos que constituyen una narración que no la es suya, sino la de todas las almas que fue capaz de capturar durante más de 30 años.

Ese espíritu ‘vintage’ está igualmente presente en sus excepcionales fotografías de los últimos tiempos, merecedoras de los más importantes galardones, incluido el Premio Nacional de Fotografía. Siempre centradas en el ser humano, le ayudan a atraer los recuerdos con los que el artista se reconstruye y así pudo verse a principios de 2009 en la gran retrospectiva que le dedicó el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid.