Alfredo Alcaín (1936)
Madrid


La obra del artista madrileño no se ciñe a un solo soporte, técnica o formato. En todos ellos se mueve como pez en el agua, aunque sobre él acabó recayendo la etiqueta de artista pop.
Desde el punto de vista artístico, Alfredo Alcaín no se ha resistido a evolucionar en función de las etapas vitales y los sucesos históricos que le han tocado vivir. De la Figuración a la Abstracción. Del mensaje político-social al disfrute de la belleza por sí misma. Buena parte de su obra responde al esquema del puzzle visual en el que formas y colores encajan entre sí para crear imágenes de compleja lectura.
El maestro se inicia en la pintura a principios de la década de los 50. Sus primeros estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando se amplían más tarde en la Escuela Nacional de Artes Gráficas y en la de Cinematografía, una experiencia que le llevaría a colaborar en películas emblemáticas de la transición a la democracia como ‘Canciones para después de una Guerra’ y ‘Nueve cartas a Berta’.
Los años 60 y 70 son en España un extraordinario vivero de creadores comprometidos con el cambio político. Alfredo Alcaín no fue una excepción a esa realidad y apuesta con valentía por la denuncia del régimen franquista. Lo hace con ironía, lejos de la crudeza del lenguaje expresionista empleado por los artistas del Realismo Social. Al igual que Eduardo Arroyo o el Equipo Crónica, sus planteamientos están más cerca del sarcasmo que triunfa en Estados Unidos aunque los referentes del Pop de este lado del Atlántico son convenientemente adaptados a la idiosincrasia local. Las imágenes deben ser suficientemente conocidas para el público a fin de que el mensaje cale sin dificultad.
La llegada de la democracia hace que se relaje el lenguaje plástico de años anteriores. A partir de los años 80, Alfredo Alcaín introduce objetos tridimensionales en unas superficies pictóricas de las que parecen querer escapar. Algunas de sus mejores piezas pueden contemplarse ya en grandes colecciones públicas como la del Reina Sofía de Madrid o el Salvador Allende de Santiago de Chile. Considerado por la crítica como una figura capital del grabado, sus obras no faltan tampoco en los principales museos del mundo que se especializan en obra gráfica, como el Museo del Grabado de Buenos Aires.
Alfredo Alcaín obtuvo el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2003 como reconocimiento a toda su trayectoria artística.