Carlos Nadal (1917-1988)
París


El trabajo artístico del pintor nacido en París tiene como sello inconfundible el uso desenfadado del color. Nadal pasa a través de su filtro personal paisajes y personajes para reinterpretarlos de manera inconfundible. Pero su actividad creativa no se ciñó exclusivamente a la pintura de caballete. La fuerte influencia paterna marca también su incursión en la pintura decorativa, actividad que nunca dejó de desarrollar. Dibujos, grabados y esculturas forman parte de una producción prolífica. Nadal es un ejemplo de equilibrio entre formación académica y las nuevas enseñanzas adquiridas en la capital del Arte de la primera mitad del siglo XX; París. Tampoco desdeña la gran tradición pictórica belga que conoce en su asentamiento en Bruselas.
La formación de Nadal comienza cuando junto con su familia regresa a España en 1921. En sus inicios trabaja de aprendiz de pintura decorativa. El primer contacto con la enseñanza oficial iba a tener lugar el año 1936 cuando el Ayuntamiento de Barcelona le concede una beca para asistir a la Academia de Bellas Artes de San Jorge. Sin embargo el estallido de la Guerra Civil y su militancia en el ejército republicano le obligan a refugiarse en Francia. Allí ingresa en un campo de refugiados del que logra escapar para regresar a España. En Cataluña es detenido y puesto posteriormente en libertad permitiéndosele residir en Barcelona.
La posguerra fue un tiempo de crisis económica que también afectó a Nadal. Así, en 1941 inaugura una exposición en la galería Dalmau sin que consiga buenos resultados económicos. Por otra parte consigue establecer buenas relaciones en la Academia de Bellas Artes de San Jordi, a la que acude gracias al disfrute con efecto retroactivo de la beca concedida en 1936. Profesores como Luis Muntané y Josep Amat Pages no sólo se convirtieron en buenos amigos sino que facilitaron al pintor los medios para abrirse camino en el mundo del Arte. Las buenas referencias y calificaciones que había logrado en la Academia facilitan la concesión de una nueva beca en 1946 que le permite trasladarse a París. Una vez más la capital francesa se convierte en el hito que marca el antes y el después en la obra del artista. Establece su residencia en el Colegio de España mientras asiste a clases en la Academia de Bellas Artes y en la Grande Chaumière. El trabajo de Nadal alcanza en París la personalidad que le convierte en inconfundible. Luz y color son los dos aspectos que destacan de las visiones paisajísticas que recrea. También el retrato ocupa una de las parcelas más importantes de su obra. Felizmente casado, se instala en Bruselas en 1948 hasta su regreso a España en la década de los setenta.
Carlos Nadal se ha ganado un lugar propio en la historia de la pintura del siglo XX junto a nombres como los de Picasso, Delvaux, Clavé, Magritte y tantos otros que conoció en su azarosa vida.