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Henry Moore (1898-1986)
Castleford
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A mitad de camino entre la Figuración y la Abstracción, las esculturas de Henry Moore se caracterizan por su arquetípica representación de la figura humana, formas dominadas por las oquedades y escenas familiares de gran formato que se exhiben en las principales colecciones de Arte al aire libre de Europa y los Estados Unidos.

Moore rechazó desde muy joven el ideal de belleza clásica y encontró otro más afín a su sensibilidad en culturas como la egipcia, la peruana y la mexicana de los tiempos precolombinos. El mejor ejemplo de ello es su impresionante ‘Reclining figure’ de 1929, una obra inspirada en la escultura tolteca de Chac-Mool, el dios de la lluvia de Chichén Itzá.

Pero Moore fue un artista de amplio registro, radical en todos los aspectos de su vida, y con una veta inquietante y oscura que va más allá de las amables figuras reclinadas sobre el césped. Detrás de ese equilibrio menos real que aparente hubo un artista profundamente afectado por la crisis cultural y el pesimismo que marcó a la generación de entreguerras.

Henry Moore vivió personalmente las terribles escenas de la Primera Guerra Mundial, de hecho fue uno de los escasos supervivientes de un batallón gaseado por el ejército alemán en la batalla de Cambrai (1917). Aquella experiencia, de la que hablaba como una "visión pesadillesca de carne putrefacta", explica buena parte de su iconografía de los años posteriores, marcada al mismo tiempo por la influencia del psicoanálisis freudiano y las nuevas ideas sobre el cuerpo y el sexo.

Durante los años 30 también se dejó sentir en su obra la influencia del Surrealismo y la de Pablo Picasso, como en casi todos los artistas de esa generación. A partir de entonces, sus formas se van haciendo progresivamente más abstractas, a lo que se suma el hecho de que empieza a modelar sobre materiales blandos, para después fundir las piezas en bronce, abandonando en gran medida el uso de la piedra esculpida.

Su fama internacional se consolida definitivamente durante los años 40 y ello se debe, paradójicamente, a una serie de dibujos realizados en los refugios antiaéreos de Londres, donde miles de personas se apiñaban para huir de los bombardeos alemanes en el invierno de 1941.

Hoy en día son mucho más populares sus grandes figuras recostadas, curvilíneas y distorsionadas a base de cortes ovales, y sus escenas maternales, calificadas por el propio artista como una "obsesión fundamental". Y es que esas ambiguas esculturas en las que la madre casi siempre aparta la mirada del hijo al que amamanta parecen suscitar interrogantes sobre la naturaleza humana que van más allá de la maternidad.

Unas y otras han contribuido a convertir a Henry Moore en uno de los artistas británicos más destacados del siglo XX, como puede comprobarse al contemplar las extrañas figuras de aire totémico y los cuerpos retorcidos de mujeres de abultados miembros que se conservan en la Tate Gallery de Londres y la Henry Moore Gallery de Ontario, las dos instituciones que concentran las colecciones más importantes de sus esculturas.