José Luis Molina Ferrer (1947)
Cuenca


Y la poesía se hizo paisaje. Molina Ferrer encuentra su propio sitio dentro del Impresionismo valenciano. La luz, el mar, el cielo, la tierra, el hombre y su entorno son las palabras de un poema cíclico que se reinventa a cada nueva oportunidad.
La Naturaleza es protagonista a través de paisajes abiertos entrevistos desde una pequeña ventana. La perspectiva se fuerza para que la superficie de la playa y el cielo se expandan hasta ocupar los dos tercios del cuadro. Barcas, antiguas casas con encanto, el propio hombre quedan empequeñecidos ante un contexto que les abruma. Sin embargo no existe la angustia. Si acaso la melancolía. Son paisajes- sentimiento de los que emanan serenidad y tranquilidad. De Claudio de Lorena a Friedrich, del equilibrio al sentimiento. Todo lo aúna Molina Ferrer.
Su paleta es limitada pero la desarrolla al máximo. Marrones, beige, azules... Molina Ferrer alcanza cotas imposibles en las gradaciones cromáticas para ofrecer matices que otorgan al paisaje cierta cualidad mágica. En ocasiones esta delicadeza se ve interrumpida por vibrantes toques de color puro. En ellos la aplicación empastada dota de relieve al trazo. Atrás quedaron las intensas luces del Luminismo mediterráneo.
Sus paisajes se convierten en ensoñaciones, en narraciones del alma que añora el reencuentro con el Paraíso Perdido. Su gran maestría reside en lograr hacer de cada cuadro una nueva experiencia sensorial a pesar de su dedicación exclusiva al mundo del paisaje.