Joan Miró (1893-1983)
Barcelona


Imaginación, vanguardia, compromiso y, sobre todo, un lenguaje muy personal dentro de la corriente surrealista han hecho de Joan Miró uno de los personajes claves dentro de la Historia del Arte universal del siglo XX.
Su vocación artística estuvo ligada desde la juventud a a la Vanguardia. La exposición fauvista y cubista que la galería Dalmau de Barcelona organizó en 1912 le permitieron conocerla de primera mano. Por eso la construcción espacial de carácter cubista, el vivo colorido de tendencia fauve y la pintura parietal románica catalana determinaron su obra inicial. Junto a ellas, personalidades como Cézanne o Van Gogh aportan elementos que tras pasar por el filtro de Miró adquieren una personalidad propia.
Sin embargo la estancia en París a partir de 1920 le abría las puertas a otra gran corriente artística de Vanguardia; el Surrealismo. Tomando como base el estudio que Gargallo le cede, conoció en el Bal Noir a gran parte de la nómina de artistas que iban a componer las filas del Surrealismo a partir de 1924. Entre ellos estaban André Masson, Robert Desnos, Michel Leiris, Georges Limbour y André Breton, con quien entra en contacto a través de los personajes anteriores.
Miró no puede asociarse a la vertiente más ortodoxa del movimiento a pesar de formar parte activa del grupo. Su Surrealismo aprovechaba la liberación del inconsciente y los mundos oníricos pero está vinculado a los motivos de la tierra, de las labores agrícolas en su aspecto mítico. Formas orgánicas, ameboides, simples dan vida a universos de enorme fuerza telúrica. Los colores se presentan saturados, disponiéndose en una yuxtaposición de planos que aún deben mucho a la influencia fauve y a las construcciones espaciales del Cubismo.
Su obra dio un giro radical a partir de 1940 aunque ya antes su pintura había manifestado los horrores de la Guerra Civil española a través de una pincelada gestual. El período de las Constelaciones, en la que la representación queda reducida a finas líneas caligráficas sobre papel mojado, se abre tras el traslado a un pequeño pueblo normando, Varengeville. A través de estas piezas reinterpretó los cielos estrellados de la región. Rompe con el espacio y casi con la figuración lo que le convierte en precursor de la Abstracción posterior.
Su regreso a España supuso el inicio de un largo exilio interior en el que Miró no deja de profundizar tanto en la pintura como en los diferentes soportes para la creación artística. La obra bidimensional se combina con la dedicación a la escultura. Pero sin duda la cerámica fue una de las grandes protagonistas de la década de los cincuenta gracias a murales y encargos que recibe como el de la Unesco en París (1957). Diseños teatrales, tapices, obra gráfica. Los campos para el desarrollo de su creatividad no tuvieron fin hasta su muerte en 1983.